

Entrevista exclusiva Chris Martin El líder de Coldplay le contó a Clarín cómo fue el proceso de creación de "Viva la Vida" . Y que el nuevo disco será muy diferente.
Pablo Raimondi
praimondi@clarin.com
Los colores negro, blanco y rojo combinan a la perfección en el ambiente. Algunos cuadros decoran la símil habitación y un metegol le da el toque lúdico al lugar. Es el camarín donde el cantante, guitarrista y pianista de Coldplay, Chris Martin, recibirá a Clarín por unos minutos junto al violero Jonny Buckland.
Mientras los primeros fans comenzaban a poblar el estadio (que en horas estaría sold out) los músicos se acomodaban relajados, felices y algo ansiosos por el nuevo concierto en el país. Irradian buena onda, a pesar del nerviosismo circundante.
Chris saluda cordialmente y jamás deja de sonreír mientras clava sus ojos azules en su interlocutor.
Es evidente el carisma de este inglés, casado con la actriz estadounidense Gwyneth Paltrow, y reconocido activista en contra de la pobreza y hambre en el mundo.
El nuevo disco que presentaron (Viva la vida) no tiene relación con el existencialismo de Martín ni el fluído español que habla su esposa. Eso sí, los colores del logo del disco hacen juego con el mobiliario del camarín, símbolo chic de una banda al detalle en todo.
Martin coincide en que si no hubiese existido el criticado álbum X&Y, el anterior a Viva la vida, jamás podrían haber grabado un disco tan poderoso como el último.
"La última vez, en el medio de la grabación, algo realmente cambió la dirección musical. Estábamos volviéndonos mas oscuros de lo que teníamos planeado. Y se transformó en una especie de grabación mística. Mucho más vibrante y llena de color", afirma Martin quien se inspira en cada cosa, en cada momento, en un todo, para escribir las letras.
Para Chris, padre de dos hijos y d e v o t o d e I a n M c C u l l o c h (Echo&The Bunnymen), Richard Butler (The Psychedelic Furs) y el inigualable John Lennon, el proceso de gestación de Viva la vida debía hacerse en un lugar apartado, solitario, como The Bakery, una vieja panadería ubicada al norte de Londres que sirvió para gestar uno de los retornos musicales más importantes de los últimos años.
¿Qué rol cumplió La Panadería en la historia del grupo? Buckland: Fue esencial. Fuimos como mitades que nos encontramos.
Martin: Y además no teníamos mucho dinero. Al principio éramos una pequeña banda que nos movíamos todos juntos de acá para allá. Cuando las cosas empiezan a cambiar te das cuenta que pasás mucho más tiempo separado de tus compañeros porque funcionás como individuo. Tenemos familias, boletas que pagar, cosas que hacer. Y te vas separando del grupo.
Por eso es que La Panadería nos daba mucho más que un lugar donde ir cada día. Ahí lo más importante era la banda, el volumen alto y divertirse. Fue central, crucial. Nos olvidábamos de todo, nos centrábamos 100% en tocar.
tamos trabajando duro.
La guitarra electro acústica es muy importante en su sonido. ¿Se podrían considerar también un grupo folk? Martin: Sí, porque tenemos influencias como Bob Dylan, Nick Drake y Neil Young.
Buckland: No sé si tenemos alguna influencia principal.
Martin: Tratamos de escuchar la mayor cantidad de cosas diferentes posibles. Imagino que tratando de encontrar algo nuevo (risas).
¿Qué nos podés adelantar del nuevo disco? Martin: Será un proyecto diferente.
Tenemos una idea para la grabación también, pero no tenemos nombre del disco porque está cambiando todo el tiempo.
Buckland: Tenemos muchas canciones, pero falta decidir qué hacer con esas canciones.
Martin: Estamos trabajando mucho.
Y en lo personal ¿que te cambió la popularidad? Martin: Nada. Algunos días yo veo a Jon y no sé si es popular o no popular. Y hay otros días como hoy, por ejemplo, que digo heyyy guau hay mucha gente que nos está esperando. Y es grandioso, pero la mayoría de los días del año no tenemos esto.
Buckland: Yo no me siento famoso, separando la parte en la que toco estas canciones. Tenemos un montón de oportunidades de cosas para hacer en la vida, aunque algunas las queremos hacer y otras no.
Coldplay es una banda con ideas políticas definidas. ¿Qué opinan del actual gobierno de Obama? Martin: Yo soy un gran, gran fan de Obama. Y creo que mucha gente de Estados Unidos es muy buena haciendo mala publicidad. Lo que ellos no recuerdan es que Barack Obama está hace sólo un año en el gobierno. Recordemos que él heredó ocho años de un comportamiento terrible, terrible. Y de acuerdo a como él está tratando de hacer las cosas, realmente siento que será fantástico. Por supuesto que hay gente que lo defenestra, personas que no se pondrían en su lugar, que se contradicen.
¿Cuál es tu deseo como músico? Martin: Que en algunas horas la gente esté cantando olé, olé, olé (risas), una parte de la nueva canción Don Quijote del próximo álbum (Ver Un cocktail...) porque la vamos a tocar por primera vez y esperamos que todos la estén cantando con nosotros.
Un cocktail de devoción
Coldplay La banda sonó impecable en River, estrenaron un tema y hasta hicieron un tributo a Michael Jackson.
Pablo Raimondi
praimondi@clarin.com
Chris Martin parece desarticularse mientras da saltitos y avanza en el escenario. Su eterna mirada desafiante de reojo busca algo (y no se sabe qué). ¿Se desarma? No, se abraza al violero Jon Buckland y destila onda con un "¿Todo bien?" en español, mientras recorre una de las dos pasarelas en herradura que abrazan parte del campo vip.
La relación melosa de Coldplay con sus fans y el rock suave que emanan es un cocktail de devoción. Así en tres años se sextuplicó su convocatoria en el país: desde los 10.000 que llenaron tres Gran Rex en 2007 a los 63.000 del viernes en River que disfrutaron de dos horas de un show contundente.
Versatilidad no es lo mismo que oportunismo, por eso el grupo detona una perdigonada musical que impacta fuerte. Mutan del susurro al grito en segundos, a veces distorsionan a fondo (¡qué bien les queda!) o le inyectan bases electrónicas a sus temas como si embebieran una rave en un concierto.
En River, la banda sonó impecable, y fuerte.
Es curioso que el "arma" musical de los ingleses (aparte de la voz de Martin) sea el piano donde Chris se encorva y da las primeras puntadas a clásicos como In my place para luego engarzarlo con Yellow, quizás la síntesis misma del grupo: guitarra electroacústica ganchera acompañada por la distorsión valvular de Buckland junto a una sostenida base de batería. Un show aparte el de Will Champion que le pega a los parches como si fuese la última vez que tocara.
Varias piñatas gigantes rebotan en el campo y un juego de lásers crea frisos titilantes en una popular. El floydiano Cemeteries of London muestra el cariz climático del grupo. Otra cara más de este poliedro musical que detona con Talk a puro salto para que vibren los vecinos de Nuñez. La bellísima The Hardest Part se suma a la línea de zapadas, en cada una de las pasarelas, en donde no olvidaron al fallecido Rey del Pop interpretando Billie Jean en clave acústica.
Una alfombra de estrellas hig tech se ondula en Nuñez cuando Martin arenga a su público para que hagan la famosa ola futbolera mostrando la luz de las pantallas de sus celulares. Y también cuando estrena la canción Don Quijote (de su próximo álbum) en cuya letra se luce un olee olee olee oleee localísimo. El perfil "políticamente correcto" del cuarteto no se pierde en discursos y hechiza con su arte: Coolplay.
Fuegos artificiales, papel picado por los aires y hasta Martin paseando con un paraguas japonés (en Lovers in Japan) redondeó una verdadera fiesta. Viva la vida.