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Mario Sabato Filmó el documental


"Ernesto Sabato, mi padre" y no dejó que lo viera entero. Habla del famoso almuerzo con Videla.



Hernán Firpo
hfirpo@clarin.com



Estamos con Mario Sabato hablando, como corresponde, de su casi centenario padre -don Ernesto acaba de cumplir 99-. Todavía falta para que nos cuente que tardó como medio siglo en asumir su condición de hijo de. Y falta para que hable de los "delitos" del nuevo cine argentino y del encuentro de su padre con Videla. Ahora estamos con el documental donde hay imágenes desconocidas del autor de Sobre héroes y tumbas. "Yo quise ver el árbol, las ramitas; del bosque que se ocupen los documentalistas serios".

¿Y qué es de la vida de ese hombre que se empeña en vivir? Se olvidó de morir. Está mal. Normalmente se encuentra ausente. A veces aterriza bien y a veces aterriza mal y se pone muy triste. Está muriéndose de viejo, muy lentamente.

En mi familia paterna la longevidad es frecuente: mi abuela decidió cuándo se moría; creo que sólo se equivocó de día.

En vez de un martes fue un miércoles. Papá todavía no lo decidió.

¿Que te dijo cuando vio la película ("Ernesto Sabato, mi padre")? Es que no la vio. Cuando la terminé, supuse que podía ver el comienzo, pero el final me parecía demasiado fuerte para su estado emocional, así que vio la primera media hora y, entre comillas, se descompuso el dvd... Creo que con este documental se están cumpliendo los destinos. Uno, que papá no la vea entero; otro, que se estrene comercialmente. No fue un éxito masivo, porque este tipo de películas... Pero estuvo en dos salas y le fue bastante bien. Para ir al cine y pagar una entrada, la gente necesita un poco más de espectáculo.

Quizás la vida de Fogwill hoy llevaría más público...

La película va a hacer su recorrido. Va a llegar al video, se va a pasar por televisión...

Salvo honrosas excepciones, el llamado nuevo cine argentino es más bien "Baficero", ¿no? Yo sospecharía de la palabra cine puesta ahí. He visto algunos elogios temibles para este tipo de películas: "No teme aburrir al espectador". ¡Yo tengo pánico de aburrir al espectador! Me parece que es el único delito que un director no puede cometer.

¿Siendo el hijo de Sabato, en tu casa se podía ser un poco bruto o a los ocho años tenías que leer a Kipling? En casa no tuve exigencias, porque mi paraguas protector era mi hermano Jorge. El era el inteligente de la familia y lo siguió siendo hasta su muerte. Era el destinado a ser el culto, a deslumbrar, así que yo pude ser un chico de barrio al que se le celebraba la brutalidad. Además, yo supuestamente iba a ser pintor y estaba bien: un pintor no tiene por qué ser culto. El porvenir intelectual de la familia estaba salvado con Jorge y a mí me dejaban tranquilo. Yo era tan inculto, tanto, que llegué a pintar hasta los 15 años sin saber quién era Caravaggio. Cuando lo descubrí, tiré los pinceles y me dediqué a otra cosa.

Tu papá también pintaba. ¿Era mejor o peor que vos? No digo que yo lo haya precedido, pero el estilo expresionista nos igualaba bastante.

Una vez, en la casa de Santos Lugares, le pregunté a don Ernesto por qué le había dedicado un retrato a Bela Lugosi. "No es Bela Lugosi, es Kafka", me dijo.

A ese cuadro ahora lo tengo yo. Seguro que le pareció bien lo de Bela Lugosi. No creo que se haya ofendido con el equíco.

Pasados los 60, hiciste un documental cuyo título contiene una pertenencia fuerte: "Ernesto Sabato, mi padre". ¿Cuánto se tarda en asumir la existencia de esa larga sombra? Su fama rimbombante ocurrió cuando yo era adolescente y la puede sobrellevar, aunque tardé unos cincuenta años en acostumbrarme al tema. Después fue un problema más de los otros que mío. Sin embargo, y por suerte, nunca dejé de ser una persona más bien inestable.

¿Tu viejo no te definió como el loquito de la familia? Siempre fui el loquito y lo sigo siendo. Cuando terminé de darme cuenta de eso, me pareció divertido.

¿Eso le permitió digerir de otra manera tus películas de Los Parchís? No, papá estaba fervorosamente en contra de que fuera Adrián Quiroga, que era mi seudónimo. Por ahí tenía razón, pero yo le decía: Papá, tengo tres hijos, tengo cuatro hijos.

Y entonces te sugirió lo del seudónimo...

Los dos sabíamos que era absolutamente inútil: el seudónimo no ocultaba a nadie. No era un seudónimo vergonzante; para mí simplemente marcaba el tipo de producto que ibas a ver. Adrián Quiroga nació en el 76 y murió en el 83.

Si querés podemos poner: "En tiempos de censura es muy difícil hacer buen cine".

En una de las películas de Los Superagentes, Víctor Bo levanta un monolito con el que se protegía de las balas y ahí se leía Adrián Quiroga, in memoriam, y las fechas. Una cosa era Adrián Quiroga y otra Mario Sabato. Pero alguna gente nunca me perdonó esa coexistencia.

Osvaldo Bayer dijo que con tantas dictaduras, a tu papá nunca le prohibieron un libro y que jamás debió exiliarse... Hubo gente que tuvo que ingerir el amargo caviar del exilio.

Que se exilió cómodamente y que critica con demasiada focalización.

¿Alguna vez criticaste a tu viejo por haberse reunido con Videla y decir que le parecía un general culto e inteligente? Lo de Videla fue un gravísimo error cometido en complicidad con mi hermano y yo. "Tenés que ir", le dijimos los dos. Pero gracias a ese error, un escritor como Antonio Di Benedetto pudo vivir. Fue a un almuerzo, salió y dijo una serie de cosas de las cuales, obviamente, se censuraron casi todas. Quedó que Videla le parecía un caballero. Si mi padre no hubiese tenido el prestigio que tiene, si no fuera la figura que es, ni se hubieran fijado en eso. Pero es un tema para hablar largamente.
 
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