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Donde el circo del rock vive


Glastonbury Un seleccionado rockero, de Stevie Wonder a Gorillaz, festejó los 40 años del clásico festival británico.



Alfredo Rosso
Especial para Clarín




Una imagen que valió por mil palabas fue la de Stevie Wonder abrazado a Michael Eavis ­creador del festival de Glastonbury- dedicándole su famoso tema Happy birthday. La canción fue escrita en celebración del líder de los derechos civiles Martin Luther King, pero en la noche del domingo sirvió para agasajar al festival de rock más importante del mundo, que en su edición 2010 cumplía cuarenta años.

Ciertamente, mucha agua corrió bajo el proverbial puente desde que un grupo de granjeros hippies liderado por Eavis tuvieron la loca idea de organizar un festival de rock en la Worthy Farm, una enorme granja situada en medio del condado de Somerset, no muy lejos del mítico monumento Stonehenge, lo cual ayuda a explica el clima místico del festival.

Desde aquel humilde y precario festival primerizo de 1970 ­que contó entre sus participantes con David Bowie y a T.Rex- Glastonbury creció espectacularmente hasta transformarse en el evento referencial del rock contemporáneo. Hoy cuenta con diez escenarios principales, a los que hay que sumar unos treinta más de todo tipo, dimensión y rango estilístico.

La enorme Pyramid Stage ­el sitio de los consagrados- da una idea del eclecticismo que está en la razón de ser misma de Glastonbury.

Entre el viernes y el domingo fue testigo del despliegue de rock y funk de Gorillaz -ya constituido en el grupo principal del ex Blur Damon Albarn-; del rock operístico de Muse, y de un inspirado Stevie Wonder, secundado por una sección de bronces y un coro espectacular, quien no ahorró emociones en el cierre del festival, paseando a una audiencia de más de 80.000 personas. Pero la Pyramid Stage también tuvo el contagioso histrionismo de Scissors Sisters - con Kylie Minogue como estrella invitada- y un set a cargo del ex Kinks, Ray Davies, que tuvo una carga emotiva especial debido al reciente deceso de Pete Quaife, el bajista original de esa legendaria banda.

Glastonbury es también una enorme vidriera para los artistas en ascenso y la edición 2010 destacó el gran presente de Marina & the Diamonds. Marina Diamandis, de ancestros mixtos, griegos y galeses, tiene una voz poderosa, un cuerpo de gran plasticidad y un don actoral que le sale con naturalidad para "vivir" sus letras, que hablan de una chica de nuestro tiempo con autodeterminación y tenacidad. Cerca de allí, en una de las gigantescas carpas dedicadas a la música Dance, el grupo Delphic ratificaba por qué son una de las grandes promesas del nuevo sonido de Manchester, a través de un sólido set.

Los tres días de Glastonbury pueden dejarlo a uno sin aliento; corriendo de un escenario a otro para ver las nuevas figuras del folk británico, como Laura Marling, probar los sonidos experimentales de grupos bisoños como Beach House, The xx, Wild Beasts o The Pink House o incluso deleitar los oídos con las voces cultivadas de Norah Jones o Corinne Bailey Rae.

Glastonbury también ofrece la oportunidad de tener frente a frente a artistas claves de la nueva música africana, como Femi Kuti o Bassekou Kouyate.

Pero el encanto de Glastonbury no radica simplemente en ese collage de estilos donde pueden compartir escenario cantautores clásicos como Jackson Browne y el rock adrenalínico de Slash, o convivir el reggae clásico de Toots and the Maytals con el pulso electrónico de Hot Chip o de los festejados Chromeo. Glastonbury es como un parque de diversiones que tiene al rock como centro, pero donde hay lugar para el circo, el teatro, la comedia y también las relaciones humanas espontáneas. La gente se disfraza y sale a exhibirse; se forman grupos de canto o de danza espontáneos. Muy cerquita de allí está el llamado Círculo de Piedra, un lugar para descansar un rato: Desde esa colina, contemplando el caleidoscopio de carpas de la gente, más las gigantescas estructuras de los escenarios, viendo cómo Glastonbury palpita a lo largo y a lo ancho hasta donde llega la vista, uno se convence, aunque sea por un momento, de que el sueño no terminó del todo.
 
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