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Juan Gil Navarro


Paso a paso
A los 36, se afirma en su oficio con cada trabajo. Se lució en televisión en "Vidas robadas" y ahora lo hace en teatro, en "Rey Lear".

Camilo Sánchez
csanchez@clarin.com

Con Rey Lear sucede lo que dice Alfredo Alcón: hay que romperse para que quede la mayor cantidad de palabras registradas. Es verdad que por ahí no se alcanzan los picos que proponen esos textos, pero uno puede sufrir una transformación, puede salir de una obra mejor persona. Si te quedan un par de cosas después de una temporada, me parece que valió la pena.

Empecé a los 16 años a estudiar teatro con Carlos Kaspar, que es un actor, amigo, y que me vinculó enseguida con la gente del Payró. Por ahí estaba Javier Daulte también. Me transmitieron el sabor de este trabajo. Kaspar dice que hice el jardín de infantes con él, pero a la distancia, creo, hizo mucho más que eso por mi.

En la gente del teatro hay mucho chamuyo con el esfuerzo.

Lo que tiene de diferencia la televisión, al menos para mí, es que es más difícil el entorno. Todo lo que sucede en los pasillos. No es lo que va entre el graben y corten que siempre es divertido, que permite la exploración como cualquier otro trabajo. Ese escapar de una realidad para entrar en otra: lo mejor de este laburo.

Tiene razón Laurence Olivier cuando dice que la juventud es un tiempo para romperse todos los huesos arriba de un escenario porque, a esta edad, los huesos sueldan rápido.

Cuando tuve la posibilidad de conocer, aquí, a Alan Rickman, le pregunté si eso era cierto y me dijo que era algo más complejo que eso y ahí nomás me invitó a cenar. Los ingleses tienen una forma desenfadada de creer en el juego teatral y eso ejerce una sugestión enorme sobre el espectador.

Lo que valoro en Alfredo Alcón o en Jorge Marrale, y porque los he visto de cerca, laburando, es la capacidad de entrega. Son tipos que tienen aprendidas un montón de reglas, pero después salen y las tiran por la borda. Hice una obra con Cacho Bidonde, que dirigía Manuel Iedvabni, Canciones maliciosas. La relación de un niño prodigio con su piano. El profesor lo manda a que vaya a ver un campo de concentración y el tipo le dice: usted tiene toda la técnica pero le falta pasión. Pifiar una nota, trastabillar en un monólogo. Si uno va y paga la entrada, uno espera ver incluso eso: lo que no puede negarse es la entrega y la pasión.

Una cosa impresionante fue la que me dijo Robert Sturúa, que me dirigía en Las visiones de Simone Marchard, de Brecht, en el Alvear. Hacía de hermano de Simón: un personaje precioso. Juan Manuel ¿por qué sufres tanto?, me dijo. Tienes que hacer como los actores ingleses. ¿Qué hacen?, le pregunté. Mienten, me dijo, y se me rió en la cara. Y eso para mí fue, como diría Carlos Castaneda, correr el punto de encaje.

Me modificó todo.

La televisión es un universo raro que, de verdad, no termino de comprender. Está lleno de espejismos: es eso para mi, un desierto con espejismos. Uno está al tanto y puede seguir el juego, pero si se cree que es lo real, y que es un oasis con palmeras, y que el agua es sólo potable, te podés llevar algunos chascos. Ojo: le estoy agradecido a la tele porque me ha permitido hacer todo lo que hago. Quise ser actor antes de ir al teatro. Empecé a amar este oficio mirando Atreverse por tele.

No se puede creer en eso de que al otro le tiene que ir mal para que a vos te vaya bien. No es mi forma de pensar: jamás le pegaría un codazo a alguien para salir en una foto porque el programa está cumpliendo 100 capítulos.

Mi personaje de Edmund en Rey Lear no es un homenaje a a Danilo Devizia: es un plagio directamente. Un genio. Lo vi varias veces haciendo el Don Fausto de Orgambide. En una función, de la estola de una bataclana quedó una pluma en el aire justo cuando le tocaba decir el monólogo del Diablo. Y lo dijo entero, mientras soplaba esa pluma, apoyado en su bastón, y miraba al público, y no dejaba caer esa pluma en el escenario.
 
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