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Hollywood, el destructor




Adaptación de grandes leyendas Según el autor de esta irónica nota, en los últimos años el cine industrial vació de sentido a gran parte de la mitología europea.

Joe Queenan
Especial para The Guardian y Clarin


Cada vez que pienso en las películas de esta década basadas en grandes leyendas de la historia europea, recuerdo lo bien que empezó ­ con Gladiador ­ y cómo, luego, las cosas fueron barranca abajo: con Cruzada, Troya, 300 y Beowulf, la leyenda.

Cuando vi Gladiador, en 2000, pensé que sería el mejor milenio de la historia. Tenía todo lo que se puede desear en una película: gloria, sangre, agallas. Era una epopeya dramática con un elenco de miles generado por computadora.

César Augusto se habría sentido orgulloso. También Julio y Tiberio.

Por desgracia, a medida que avanzaron los años, las películas se tomaron demasiadas libertades con nuestros mitos de referencia.

Cuando la década llega al fin, es lógico que los espectadores vean con desprecio a los occidentales de antaño: como charlatanes, carniceros, psicópatas y cabrones.

El punto máximo lo alcanzó Leónidas, cuyos 300 valientes espartanos habían impedido que la democracia fuera aplastada bajo la bota persa en Termópilas, transformado en un fanfarrón exhibicionista haciendo cabriolas en calzoncillos en 300. Ya no hacían falta Genghis Khan ni Atila para pasar a la civilización occidental por la espada. Hollywood lo hizo solito.

Me resulta perturbador no saber exactamente qué tienen en común estas películas, fuera de la pasión por el desmembramiento. Troya está ambientada ocho siglos antes del nacimiento de Cristo; Cruzada transcurre más o menos 1.200 años después de su muerte. Gladiador está dominada por paganos; Cruzada, por cristianos; Troya y 300, por hombres que acatan a regañadientes la soberanía de Zeus; y Beowulf... por devotos de Odin y Thor. Sin embargo todas parecen transcurrir en la misma era histórica, y hasta en la misma sociedad, llenas de chicas atractivas, de pechos voluminosos, maltratadas por brutos.

Las películas de los hombres de antaño se volvieron cada vez más exageradas y dependientes de los efectos especiales. Un problema mayor fue la habitual manipulación del registro histórico. El rey Arturo tal vez esté en lo cierto cuando sugiere que Lancelot no era nativo de las Islas Británicas. Pero, si Lancelot tomó aire por primera vez en las estepas de Asia central, ¿por qué buscan a un actor llamado Ioan Gruffudd para interpretarlo? Si Lancelot realmente era de Sarmatia, ¿no habría sido lógico elegir a alguien específicamente "étnico" para hacer el papel? ¿Alguien como Javier Bardem o Antonio Banderas o Sacha Baron Cohen? Las películas que recorrieron el camino de Gladiador tuvieron resultados ambiguos en la taquilla. A la mayoría le fue mal en Estados Unidos pero lo compensó en el exterior. Sin embargo, 300, sin grandes estrellas ni gastos extraordinarios en vestuario, fue un éxito sorprendente. La razón tal vez fuera, como aparentemente teorizó el gobierno iraní, que la película es una crítica ligeramente velada a las ambiciones nucleares actuales de Irán, con el presidente iraní como la reencarnación moderna del rapaz Jerjes el Grande, y los 300 espartanos de Leónidas representando a precursores ligeramente velados de las fuerzas especiales estadounidenses. En realidad, se trata de una explicación tan lógica como sugerir que recaudó cientos de millones de dólares porque al público le gustó ver a Gerard Butler en calzoncillos.

No estoy afirmando que estas películas hayan sido fracasos artísticos absolutos, que no tuvieran nada digno de mención. Tampoco que es malo que las futuras generaciones jueguen con los mitos que el cine industrial buscó hacer relevantes para el público contemporáneo. Esto se vuelve un problema sólo cuando los iconoclastas o los revisionistas del presente pierden totalmente de vista lo que hizo que estos mitos antiguos fueran tan amados por los habitantes del pasado.

El sitio de Troya no tiene sentido si no hay dioses implicados en la violencia y si Menelao y Agamenón acaban muertos. El propósito de La Ilíada es mostrar que los mortales son juguetes indefensos de los dioses y que los viejos estúpidos siempre comienzan guerras, pero hacen que mueran en ellas los jóvenes. Viejos igualmente estúpidos financian películas malas pero hacen que actúen en ellas crédulos muchachos generados por computadora.

Beowulf carece de sentido si el propio Beowulf engendra voluntariamente a un monstruo. La razón por la cual la gente pide a gritos un héroe que luego será un icono y después una leyenda y más tarde posiblemente vuelva a ser un icono es porque buscan a alguien que los haga sentir razonablemente seguros de que nunca, nunca se acostará con la madre de un monstruo deformado al que recién acaba de hacer pedazos. Aunque realmente se parezca a Angelina Jolie.

Por la razón que fuere, en estas películas de hombres de la antigüedad, las masas anhelantes, acorraladas entre las entrañas del infierno y la espada de los infieles, apuestan continuamente su dinero al caballo equivocado. Eric Bana (Héctor) en vez de Brad Pitt (Aquiles). Ray Winstone (Beowulf) en vez de Angelina Jolie (la mamá pesada de Grendel). Orlando Bloom (un herrero francés) en vez de Liam Neeson (un caballero francés). Creo realmente que si los francos y troyanos y sajones hubieran destituido a sus líderes y los hubieran reemplazado por Brendan Gleeson las cosas hubieran resultado mucho, mucho mejor para todos.


« Traducción: Cristina Sardoy

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