

El actor que protagoniza "El secreto de sus ojos", arrasador éxito de taquilla, empezó el rodaje de la nueva película del director de "Leonera", con la mujer del realizador como coprotagonista. "Clarín" compartió una jornada de rodaje de una historia que combinará romance y policial negro.
Del amor
AL DELITO
Miguel Frías
mfrias@clarin.com
"Clarín" estuvo en el rodaje de la nueva película de Pablo Trapero (centro), cuyos protagonistas son Ricardo Darín y Martina Gusmán, esposa del director. El filme nació como una historia romántica entre un abogado y una médica, y luego, según su director, se fue transformando en un policial negro.
Los pasajeros del 46 que frena casi a medianoche en Perito Moreno y Fructuoso Rivera, Pompeya oscura y profunda, pegan sus caras a las ventanillas. Afuera, las luces giratorias de un patrullero de la Bonaerense -en plena Capitaly de una ambulancia iluminan, con intermitencias, a una motito de delivery retorcida y a un motoquero ensangrentado, tirados sobre el asfalto. Ricardo Darín (¡!) asiste al herido como puede, con su propia cara desfigurada a golpes. Hasta que una médica (Martina Gusmán) baja de la ambulancia, y se hace cargo del accidentado. Todo entre cámaras, curiosos y reflectores.
Si usted, lector, viajaba en ese colectivo que tras la frenada siguió su marcha, sepa que no sufrió una alucinación: pasó, fugazmente, por el rodaje de una película de Pablo Trapero. Lo que vio es la escena, de pesadilla, en que se conocen Sosa (Darín), un abogado que busca clientes entre accidentados de tránsito, y Luján (Gusmán), médica que trabaja en emergencias. "Nació como una historia de amor, que escribí pensando en Ricardo y Martina explica Trapero, marido de Gusmán-. Después fue girando hacia el policial negro, el filme noir".
Noir: negro, en francés; nombre que se le adjudica a la película en Internet. Trapero jura que el filme no tuvo, tiene ni tendrá ese título.
Darín, con su eterna sonrisa, algo extraña con el maquillaje de boxeador noqueado, agrega: "Imaginate que acá nadie pronunciaría `nuar’ sino `no-ir’: pésimo metamensaje para convocar espectadores, ¿no?".
Sosa viste saco, sweater y zapatos gastados, y tiene un Renault 19 algo oxidado. Su perdedora imagen ficcional no coincide con la de un actor que arrasa acá y en España con El secreto de sus ojos, preseleccionada para el Oscar por la Argentina. Y que además protagoniza El baile de la Victoria, de Fernando Trueba, preseleccionada por España también para el Oscar.
"¿Si estoy en la cúspide de mi carrera? -repregunta él-. En todo caso me caí de esa cúspide de cabeza.
Mirá mi cara... No, en serio. Afortunadamente, nada de lo que pasa con El secreto... interviene en lo que hacemos acá. Este laburo te lleva a una exposición permanente que se renueva con cada película. Nada te viene de arrastre. Hacer un largometraje es poner en funcionamiento un jumbo. Y con Pablo y Martina estamos en el tercer día de rodaje: tenemos todas las energías puestas en el despegue".
Es comprensible que durante un rodaje te abstraigas de...
Te juro que me abstraigo de todo lo que pasa con mi carrera aun cuando no estoy rodando.
Pero existe una suerte de "Darínmanía" que tiene que haber modificado tu vida o, al menos, aumentado tu grado de exposición.
Son cosas que ocurren fuera del alcance de uno. Y que tienen que ver con la distribución, la suerte, la alineación de los planetas... Cuestiones que están fuera de mi órbita de trabajo. Sonará contradictorio, pero me lamenté por los quince días en que hice la prensa de El secreto...
(estuvo en los festivales de Toronto y San Sebastián, y en Madrid, acompañando el lanzamiento comercial de la película). Más allá de todo lo bueno que pasó, sentía que tenía que poner la energía en este rodaje.
Sobre todo, porque la historia de Pablo toma riesgos, no es de mimeógrafo, no es de manual".
Trapero, figura clave de la renovación cinematográfica argentina en los `90 (su opera prima fue Mundo grúa), agrega: "Con Ricardo hablamos por primera vez hace un año.
Estaba con El secreto...: nadie podía saber lo que iba a pasar. Es bueno que tanto él como el cine nacional pasen por un gran momento de taquilla. Pero en cine no existen las fórmulas. No se puede asegurar que vayamos a sumar a los seguidores de mis películas y a los seguidores de Ricardo, que son muchísimos.
Ojalá: sería genial hacer dos millones de espectadores, como Campa.
Aunque quién sabe lo que pasará dentro de un año, cuando estrenemos. Nadie puede arriesgar nada".
Nueva toma del accidente: Trapero y su equipo analizan cada detalle.
Gusmán y Darín, cuya condición de bromista compulsivo no disminuye con las horas ni el frío, participan activamente. De ambo azul y polera por debajo, Gusmán tiene actitudes de médica verdadera. En Leonera, de Trapero, donde interpretaba a una reclusa, ya mostró su talento y su profesionalismo para encarnar a un personaje complejo. "En este caso, estuve desde abril haciendo guardias de 24 en el Hospital Simplemente Evita, en el kilómetro 32 de González Catán".
Cuesta imaginar a una actriz en medio de una guardia frenética. "Me manejaba como una practicante del jefe de emergentología. Iba con ambo, estetoscopio, todo. Estuve seis meses. Al principio, me impactaba la llegada de accidentados, de baleados, y el humor negro. Hasta que lo extraño pasó a ser lo normal, lo cotidiano. Era lo que buscábamos.
Fue alucinante, me sentí parte de ese grupo. También hice guardias en ambulancia y un curso de rcp" (lo dice así, como si fuera una médica de verdad: nada de "curso de reanimación cardiopulmonar").
Mientras los curiosos rodean el set callejero, Gusmán, modesta, dice que la presencia de Darín es "un honor y una presión" para ella. "Es un actor al que admiro; tiene muchísimo oficio. Esta noche estamos haciendo las primeras escenas juntos. Con su humor y su generosidad, me hace sentir relajada. Todo está saliendo de un modo fluido, dinámico. Hace todo más fácil". Otra frase para el lugar común: "Qué-buenactor-que-es-Darín-y-además-quétipazo". El lo refuta: "Guardá esta grabación de Martina, que es el tercer día de rodaje. Dentro de dos semanas va a andar diciendo: `No me hablés de este hijo de puta de Darín, no lo aguanto más, lástima que esté firmado el contrato’".
Alguien anuncia que hay que rodar un contraplano de la escena del accidente. Con un carro hidrante o a baldazos, el equipo de filmación moja el asfalto. "Qué cara de rati que tenés, guacho", le dice un policía de la Bonaerense a otro: ambos son, desde luego, extras. Al lado, hay efectivos de la Federal, supuestamente verdaderos. Pero quién sabe: cuando se acercan unos desconocidos en zigzag alcohólico les sale al cruce un ropero de civil, un tipo que parecía del equipo técnico.
Ah, el motoquero accidentado, anda por ahí, con una zapatilla en un pie, una ojota en el otro y una frazada sobre los hombros. Gusmán practica con la camilla. El periodista no escucha lo que habla Darín, sí las carcajadas de las maquilladoras, quienes le mojan el pelo -más corto que hace unos días- en un playón de estacionamiento para camiones.
Ninguno de los involucrados lo va a reconocer esta noche, por una humildad que escasea en los personajes mediático-televisivos, pero la reunión Trapero-Darín es algo así como una cumbre que despierta grandes expectativas cinéfilas. "Yo tengo un mecanismo de defensa que me permite mantenerme al margen de ese tipo de expectativas -explica el director de El Bonaerense y Nacido y criado-. Rodar un largometraje es lo suficientemente complicado como para agregarle presiones. Si pensara de antemano en todo lo que está en juego, no filmaría, me quedaría paralizado".
Darín, actor fetiche de tantos directores, apaga su cigarrillo y vuelve al ruedo. Los asistentes de Trapero lo toman del hombro e intercambian opiniones con él. Lo llaman Richard.
Ríen. Antes del estreno de El secreto..., cuando habló con Clarín por primera vez de este proyecto, Darín dijo: "Quiero entrar en el bazar creativo de Trapero sin romper nada".
¿Qué quería decir exactamente? "Este es un encuentro nuevo, en términos profesionales. En el cine de Pablo veo convicciones férreas. Sumarme a un equipo de trabajo con tanto kilometraje y conocimiento me demanda prudencia -aclara-.
Veo que se llevan muy bien entre ellos. Pablo y Martina se llevan tan bien que incluso de casaron".
Final de toma: todos se empujan por la pole position ante el monitor, bajo un cielo ahora encapotado. Llega la parte en que Sosa y Luján asisten al motoquero. El intercambio de miradas entre los dos protagonistas tiene una gran intensidad cinematográfica: el equipo aplaude este gol romántico. "Lo mío no es sudor sino testosterona cayendo por la frente", lanza Darín, en medio del pelotón.
Es madrugada: corte para la cena, en un comedor del PAMI, a dos cuadras. Quedan horas de trabajo por delante; y mañana, rodaje diurno.
Camino al comedor, hundiéndose en la oscuridad con las manos en los bolsillos del saco, Darín habla entusiasmado de esta película y también de otros proyectos: "En algún momento voy a tener que volver a casa y ver si todos siguen en sus respectivos lugares. Y lo fundamental: recuperar mis pantuflas. Mirá cómo estoy (se señala la cara golpeada): tengo que tomarme un tiempo para curar las heridas".





















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